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¿Con cuántas tildes cargas en tu vida?

Nos enseñaron en la escuela que las tildes sirven para dar sentido a las palabras, para indicar dónde recae la fuerza, para evitar confusiones. Pero nadie nos advirtió que, fuera del papel, la vida también nos llenaría de “tildes”. No de acentos gramaticales, sino de etiquetas. De juicios rápidos. De definiciones ajenas.


A lo largo del camino, otros se sienten con el derecho de acentuarnos la existencia.

Te tildan de flojo porque no trabajas tantas horas como dicta una productividad casi religiosa. Como si el valor de una persona se midiera en jornadas largas y agotamiento acumulado. Como si descansar fuera un defecto.


Te tildan de egoísta porque decides no tener hijos. Porque eliges un proyecto de vida distinto al guion heredado. Pero, curiosamente, si los tienes, también pueden llamarte inconsciente, por traerlos al mundo, por no tener “todo resuelto”, por no cumplir con estándares imposibles. No hay escapatoria; hagas lo que hagas, alguien encontrará la tilde adecuada para cuestionarte.

Te tildan de mal educado por decir “NO”. Una palabra breve, pero poderosa. Una palabra que incomoda porque pone límites. Sin embargo, cuando dices “sí” a lo que otros quieren, entonces eres “buen@”. Agradable. Correct@. Aplaudid@… aunque ese “sí” te traicione y vaya en contra de lo que realmente eres.


Te tildan de insuficiente por no acumular títulos, certificados o reconocimientos. Como si el conocimiento solo valiera cuando se enmarca y se cuelga en una pared. Como si la experiencia, la sensibilidad o la intuición no contaran.


Y así, la lista sigue.


Nos tildan de intensos por sentir mucho, de fríos por protegernos, de débiles por pedir ayuda, de orgullosos por sostenernos solos. Nos tildan según la mirada de quien observa, no según la verdad de quien vive.


Las tildes sociales no describen, simplifican. Reducen historias complejas a una sola palabra. Y lo más peligroso es cuando empezamos a creérnoslas, cuando dejamos que definan nuestra identidad, porque empezamos a encarnar un personaje que en realidad no somos.


Y es fuerte pero importante recordar que ninguna de esas tildes es obligatoria, aunque pesen. Y reconozco que no es tan fácil salirse de lo que aparentemente esta escrito en piedra o como normas ajenas, lleva tiempo y bien que mucha consciencia para cambiar. Aceptar que somos más bien un texto en constante edición y no uno al que se puede saltar al final. Podemos cuestionar las marcas que otros nos ponen, borrar algunas, ignorar muchas y, si queremos, crear nuestras propias formas de nombrarnos. Porque al final, no se trata de evitar las tildes, eso es imposible, sino de entender de dónde vienen… y elegir cuáles no te pertenecen y dejarlas ir.

 

Estos y más temas podemos trabajarlos en una sesión holística que te ayudará a configurar varios aspectos que quieras liberar para sentirte más tu. Dale click al boton de abajo y agenda tu cita, te espero!

 

 
 
 

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